Imperdible anécdota del Loco Abreu y cómo convenció a Guardiola de fichar con Dorados

Washington Sebastián Abreu fue un histórico delantero del futbol mexicano que formó parte de aquellos Dorados que tenían en sus filas a Pep Guardiola. Hoy, 15 años después de compartir equipo con el catalán, el Loco contó tremenda historia de cómo convenció de venir a México al que a la postre se convertiría para muchos en el mejor DT de la historia.

Era invierno del 2005, Dorados, un equipo nuevo en Primera División daba uno de los más grandes bombazos en la historia de la Liga MX: la llegada de Josep Guardiola a sus filas. Para entonces Pep ya era una leyenda del Barcelona. Sin embargo, pocos saben que el trabajo de convencerlo de fichar con el equipo de Sinaloa corrió a cargo de Abreu, según lo reveló el uruguayo en entrevista para la cadena TyC.

«Lillo se me acercó y me dijo ‘Seba, tienes que ayudarme a terminar de convencerlo para que venga».

Él Loco dijo que Pep preguntaba mucho por el club y las instalaciones, las cuales en esos tiempos no eran las mejores. Juan Manuel Lillo era el entrenador de los Dorados y amigo de Guardiola.

«Me dijo que le tenía que contar cómo era el club. En ese momento entrenábamos en un parque de diversiones de verano, de piscinas, y el vestuario nuestro eran quinchos de paja con sillitas de plástico al aire libre. Tenías que salir con toallas porque había familias con chicos».

«Le dije que en la ciudad había playa, que el Estadio estaba muy lindo y el grupo era muy bueno. Me preguntaba siempre por las instalaciones pero yo le repetía lo mismo, ya no sabía qué más decirle», dijo entre risas Washington.

Al final, Sebastián logró su cometido, además del «sí» de Guardiola de compartir tiempo con Lillo, quien sería pieza clave en su obsesión con la táctica, que unos años después lo llevaría a la gloria con el Barça.

Desde aquellos tiempos el Loco ya vio cosas increíbles en Pep, el cual dijo siempre acudía a los entrenamientos con una libreta, apuntaba cada trabajo que se hacía en el campo y al final de cada práctica se quedaba con Lillo a repasar conceptos.

«Estamos en contacto, tenerlo de compañero fue lindo pero feo a la vez porque te dabas cuenta de que era un adelantado. Yo pensaba ‘¿Cómo puede ser que antes de que le llegue la pelota ya tenga dos o tres opciones de pase?’. Y te sentías un burro porque nosotros estábamos esperando a que la controlara para marcarle el pase».

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